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Éter



He pasado años lejos de la tierra, reemplazando mi mundo con todos los demás y mi gente con energías, luces y esencias que no se comparan a lo que alguna vez tuve. Nunca supe si dejé de ser humana o morí, ni cual es la diferencia.

No recuerdo nombres ni rostros, lo único que obtuve al divagar en la poca memoria que me queda son momentos, energías, sentimientos, y algunas imágenes de dudosa procedencia dentro de mí.


Los primeros recuerdos con imágenes fueron de un hombre. Una voz grave que venía de un espacio vacío, al parecer, mi memoria no pudo completar todos los detalles visuales, pero si emocionales, su tarareo me hacía sentir tranquila y segura. – Bebe, te hará bien – Dijo mientras dejaba una taza sobre mi regazo. Algo en la ventana me llamaba la atención, un hermoso cielo azulado era como si el sol no terminara de caer, ese punto exacto en medio de luz y oscuridad.


El viento arrastraba un aroma dulce que me intrigaba. Me levanté buscando la fuente de tan mágica esencia y justo antes de cruzar la puerta, la mano que me ofreció de beber se opuso a mi salida. – Ya sabes que son aquellas creinas que tu madre nos obsequió. Te ruego, no vuelvas allí. – Después de escucharlo las imágenes en mi mente se desvanecieron y solo recordaba el sonido de la puerta cerrándose, más una extraña sensación de necesidad.


Supongo que la mayoría de mis memorias se habían desprendido de mi cuando perdí mi cuerpo físico, pues desde entonces debía esforzarme para recordar secuencias completas sin certeza alguna de que fueran reales. No había mucho que hacer en mi “nueva vida” por lo que intento recordar con frecuencia.


Pasé largos periodos de tiempo sentada sobre estrellas muertas, tratando de descifrar piezas de una historia que no conozco del todo. En algunas ocasiones siento lo que sucedió, golpes y heridas, aromas, sonidos, sabores, texturas que venían ligadas a escasas imágenes hasta que logré unir unas cuantas para crear una sucesión de hechos que aun hoy pongo en duda…


Mis pasos parecían atraer el azul de la noche, las nubes se movían conmigo. El olor era más fuerte y deleitaba todo mi cuerpo, por un instante me sentí flotando mientras seguía aquel rastro. Los árboles parecían abrirme el camino hacia aquel dulce hedor que tanto me fascinó, hasta que las vi, azules y acampanadas, hermosas, las creinas, fuente de mi obsesión.


Extendí mi mano para llevar una de ellas conmigo, pero en cuanto toqué su tallo sentí como se movía la tierra bajo mis pies y mi satisfacción se transformó en miedo al instante. Mi corazón se aceleró al tiempo que diminutas raíces y hojas se mezclaron entre mis dedos, penetrando mi piel y casi obstruyendo mis venas, podía sentir como crecía extendiéndose dentro y fuera de mi cuerpo. Producían un crujido aterrador como si estrechara mis huesos, mi garganta vibraba en un grito ahogado, pues apenas podía respirar. Cuando las garras de aquella maldita planta estuvieron en todo mi cuerpo un crujir distinto abrió el suelo y me hizo descender.


Mi desesperación por escapar le quitaba importancia a todo lo demás, mientras mi cuerpo caía en agua helada, no supe cuando me di por vencida ante tal fenómeno, no se sintió como si lo hubiese hecho, sin embargo, sentía ramas queriendo salir desde la parte de atrás de mis cuencas. No sentía mis pies para aquel momento y el terror más profundo que experimenté me paralizó…

– ¡Nilah, Nilah!

Gritaba mi nombre con voz agitada, giré mi cuerpo en medio de barro, hojas y larvas, pero no tenía fuerzas para levantarme. – ¡Te dije que no volvieras a ellas! – escuché en la lejanía, intenté gritar, pero mi voz se había desgastado.

Él me encontró unos minutos después, me levantó del suelo entre sus brazos y me llevó a casa. Desde entonces adopté un estado casi inmóvil, seguía sintiendo el frío del agua y temía que al moverme demasiado las plantas en mi interior me destruirían. Pasaban los días, mis pupilas seguían dilatadas, mi cuerpo seguía herido y desde cada rasguño en mí brotaba un sangrado azulado.


Lo siguiente que recuerdo es una gran luz blanca sobre mi rostro y la voz de mi compañero perdiéndose como un susurro en medio de una realidad ruidosa y distorsionada. Una fuerza invisible me lanzó hacia la pared y en un segundo todo el ruido a mi alrededor se fusionó, transformándose en una nube de balbuceos y respiraciones agitadas que iban de un lado hacia otro.


Entonces las paredes se desvanecieron, trayendo un enorme vació, una increíble nada azul que rompía toda lógica o ciencia conocida. Un cosquilleo recorrió mis sentidos, desde el tacto hasta el oído y vi mi cuerpo transformarse en destellos hasta que me desprendí de él. Mi tortuosa nada se convirtió en la inmensidad oscura y majestuosa del espacio. Desde entonces no volví, no volví a mi cuerpo, a mi casa, a aquella voz que gritaba mi nombre, ni al bosque que provocó aquello.


Recibí mil almas y envié a la tierra mil más, anhelando mi regreso con cada una de ellas, entre polvo y estrellas sigo buscando la forma de volver, mientras temo por la esencia de mi memoria, pues ni yo misma tengo la certeza de mi historia y sus piezas se desdibujan una tras otra, una tras otra…


 
 
 

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