Herejía
- Abril Morales Cordero
- 29 abr 2025
- 6 Min. de lectura

La luna ya no le hablaba, no le contaba los secretos de todos como antes, pero sí alertaba sobre la tempestad por venir.
Sahara comprendió perfectamente los aros de luz roja alrededor de la luna las últimas tres noches. Estaba un poco nerviosa, pues tres días sin rastros de sol representaban, según ella, un mal presagio.
Durante ese tercer día sus velas se apagaron, cuando también se apagó la luna. Lavanda y canela ungían su casa, mientras se lavaba el cuerpo con sales y miel, para evitar que lo negativo de la noche perdurara en ella.
Golpes en la puerta de abajo interrumpieron su baño. Cerró los ojos en la bañera dejando pasar a quien tocaba; Ginebra, Lluvia y Palma, se sentaron a la mesa e inmediatamente las tazas de café se posaron sobre la madera, anunciando que Sahara estaba por bajar.
Las tres comentaban, nerviosas, sobre la oscuridad de aquellos días.
Ginebra y Palma creían que tarde o temprano las atraparían, mientras que Lluvia insistía en esconderse en otro lugar. Finalmente, la anfitriona se presentó ante sus invitadas, apuntó con el dedo índice al horno y los pastelillos salieron con dirección a la mesa.
«La luna de sangre se aproxima, la cacería se aproxima» pensamientos temerosos recorrían la casa. «¡Basta ya, Lluvia!, no hay lunas ni baños de sangre aquí. Es seguro.»
Las cuatro habían llegado a aquel supuesto “paraíso” tras la promesa de que podrían vivir en paz, sin lunas sangrientas, cacerías ni hogueras.
Se convencieron de que tal vez el día y la noche no funcionaban igual en este lugar y se dispusieron a limpiar cualquier rastro de aquella oscuridad en su alma.
Cuando llegó el turno de Ginebra, el incienso se apagó, rehusándose a hacer su trabajo. Su miedo salió a la luz, le temblaban las piernas y le sangraba la nariz.
Señaló su taza de café, «Sí habrá cacería» pronunció al fin.
Sahara tiró al suelo el incienso y este volvió a funcionar, se acercó a inspeccionar el café de su amiga y el miedo le invadió también, sintió retorcer sus entrañas en señal de peligro. Otra nariz sangrante. «Anoche la escuché gritar», confesó a sus amigas, refiriéndose a la chica de la casa de al lado.
Palma se acercó a la ventana y notó tenues aros de luz roja en el jardín de al lado. El silencio rondó la casa por un rato, mientras las cuatro, en trance, intentaban averiguar que iba a pasar. Tres golpes en la puerta hicieron que Sahara se levantara. Tras la madera encontró a Ren. Estaba asustado, temblaba y su aura era tan roja como la sangre.
«Lo siento, no pude evitarlo» repetía una y otra vez.
Sahara trató de tranquilizarlo, pero fue inútil, entonces el mundo a su alrededor se desvaneció para dar paso a uno nuevo, se vio frente a la casa de al lado, envuelta en humo y casi ahogándose comenzó a toser, finalizando el trance; cayó al suelo. Palma, Lluvia y Ginebra se miraron entre ellas descubriendo hilos de sangre desde sus muñecas hasta sus dedos. Cuando volvió en sí, Sahara expulsó con palabras al fantasma de Ren de su casa y selló las entradas con sal. Las cuatro volvieron a su café; temerosas y calladas terminaron de cenar.
Pasaron semanas, mientras se cocinaban en el lugar rumores de brujería, y aquellas horribles visiones no cumplían; no parecía haber motivo para estar nerviosa, excepto por los gritos que venían del jardín de Grace cada noche…
Las personas afuera escuchaban también aquellos gritos y sin dudarlo, culparían a las cuatro que, según se decía, se salvaron de la hoguera en su antigua vida. Estuvo a punto de ir por ella la noche anterior, pero eso solo cambiaría el rumbo de las cosas hacia uno peor. Este era el día, podía sentirlo.
Contrario a lo que todos pensaban, aquella tarde el sol brilló como nunca antes, pero la noche vino acompañada de horrores, Sahara, sentada en el pórtico presenció como la casa vecina explotaba en llamas y gritos desgarradores. A pesar de lo horrible de aquel evento, le provocaba sensaciones de paz, libertad y solo una leve estela de miedo.
Una gran hoguera, esperaba por ellas en el centro del pueblo, de nuevo eran perseguidas, su peor pesadilla se repetía. Sus pies descalzos corrían sobre el suelo húmedo del bosque, truenos lejanos acechaban a quienes las perseguían, pero aún no estaban a salvo. Una tras otra, aparecieron pequeñas luces entre los árboles, marcándoles un camino.
Sus respiraciones agitadas y corazones que ahora iban casi al ritmo de sus pies, les hicieron saber que no resistirían mucho más. Usaron sales para curar sus heridas e incienso para protegerse. Palma, supo que ya no había vuelta atrás y Lluvia no paró de llorar en toda su travesía.
Una cueva les sirvió como refugio y el manto oscuro cayó. «Lo sabía, siempre supe que huir traería problemas», dijo Ginebra molesta. Sahara la ignoró mientras pedía al cielo o al infierno que las sacara de aquella situación.
Las luces volvieron, señalando un nuevo camino. Pasó un día y las voces de sus verdugos se escuchaban cada vez más lejos. Cuando las luces se apagaron, el día volvió y estaban en las profundidades del bosque. Alguien sollozaba acurrucada en medio de un círculo de sal.
Palma no quería acercarse por temor a que fuese una trampa. A Ginebra no le importó, la sal le impidió acercarse demasiado, pero logró ver rastros de cenizas en sus manos y recuerdos horribles en su cabeza. «¿Grace?» Sahara le habló desde afuera; ella sacó la cabeza de entre sus rodillas y les mostró sus heridas «Soy un monstruo» dijo entre lágrimas.
Grace les explicó cómo funcionaba el aquel sitio, la tragedia de aquel pequeño aquelarre apenas iniciaba. Ella estaba dispuesta a acabar con sus pesadillas y las de todos allí.
Comprendió sus poderes hace apenas unas horas, pero sabía cómo deshacerse de todo. Sahara y sus amigas podían huir con ella o quedarse a ver como el paraíso se sumergía en el infierno.
Grace les contó su pesadilla, así como todos aquellos secretos que Ren le había facilitado. «Creo que este lugar está furioso» dijo Ginebra.
Y no se equivocaba, aquel territorio maldito estaba a punto de dar por cerrada la pesadilla de las brujas, misma que se había convertido en el nuevo temor de Grace.
Los truenos estaban cada vez más cerca y la tierra del bosque se habría como si quisiera tragárselas a todas.
Encendieron pequeñas antorchas y recolectaron menta y belladona de los alrededores. Quemaron las hiervas y se sumieron las cinco en un trance que las hizo levitar. Sahara y Grace se tomaron de la mano y cerraron sus ojos a la vez.
De pronto se encontraron frente a la casa de Grace de nuevo. Era una de aquellas noches de ritual en las que solía gritar. No podía creer como él le había hecho todo aquello y como había quedado sepultado en su memoria por tanto tiempo.
Entraron a la casa y se toparon con la escena; Ren encerraba a Grace en cirulos de sal para protegerse él de lo que podría pasar. Cada vez que ella hacía un movimiento, su corazón se iluminaba y la sensación de satisfacción aumentaba.
Descubrió que mientras ella dormía cada noche, el joven se iba al bosque, reuniéndose con un hombre.
«Es culpa tuya, tú le estás dando el poder.»
El hombre siempre decía que todo se iba a acabar por su culpa e intentó matarlo más de una vez. Ren creyó tener todo bajo control, pero aquella noche se presentó frente a sus ojos una visión de su propia muerte y le atormentó el resto de sus días.
Salieron del trance cuando se quemó la última hoja de menta. Las cinco escuchaban voces acercándose.
Grace hizo crecer el fuego y corrieron nuevamente. Del otro lado del boque, se encontraron con una gran puerta que relucía en rojo sangre y Sahara mencionó haber estado ahí antes, en una de sus visiones.
Lluvia recordó lo que el café les había advertido, esto era peligroso.
Sahara se acercó, tocó el material pesado de la puerta y anunció a las demás que parecía seguro. De pronto una luz blanca se hizo paso entre las nubes y un hombre, con medio cuerpo carbonizado bajó de ahí. Se acercó a Grace y puso su dedo índice sobre la sien de la joven.
Grace sintió como se elevaban su ritmo cardiaco y su poder al mismo tiempo, mientras se metía en la mente del hombre encontrando su pasado, memorias y la razón de su carbonizado cuerpo. Era el fundador, pero estaba perdiendo su poder. Le mostró un espacio vacío, que llevaba su nombre, «Tú serás quien sobreviva y la primera en unirse a mi» Ella discrepó en sus adentros conociendo a fondo todo lo que aquel hombre había hecho. «Sobreviviré, pero no me uniré a ti.» El hombre retrocedió y separó sus manos de la frente de la chica. Inmediatamente, ella se elevó y en un arrebato de rabia hizo extenderse el fuego que había dejado atrás en el bosque.
Las llamas se expandieron arrasando con todo y todos a su paso, incluyendo a aquel hombre, cuyo cuerpo terminó de quemarse y despareció, ya no dañaría a nadie más. Sahara, Grace, Palma, Lluvia y Ginebra vieron como de entre las cenizas del paraíso salían miles y miles de almas que habían pasado eternidades ahí abajo.







Comentarios