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Vicio

Actualizado: 20 jun 2024









Durante sus años juntos se alimentaron uno del otro, tanto espiritual como físicamente y aunque a ojos de extraños, aquel era un comportamiento sádico y casi criminal, para ellos no había mayor satisfacción.

Con el paso del tiempo aquel ritual semanal, produjo en ella una incontrolable adicción a los componentes en la sangre del joven.


Empeoró con la separación, pues el destino un día decidió, no los quería juntos. Su cuerpo parecía no soportar la ausencia, falto de aquellos nutrientes y carente de vitalidad, despreciaba cada segundo de su existencia sin él. Tras intentar acabar con su vida y sentir que perdería los restos de cordura que creía conservar, decidió pedir ayuda.


Nadie sabía cómo desintoxicar de sangre humana a una adicta que parecía no tener retorno, aun así, pasó muchas noches encerrada en un cuarto sin ventanas, con una sola lámpara roja que le aturdía la vista y le debilitaba los otros sentidos, hundida en la mayor necesidad que sintió jamás.

Durante tres noches, aquel cuarto le pareció un abismo infernal que proyectaba sus peores pesadillas y alimentaba su fantasía de morir, en la cuarta noche, su panorama empezó a cambiar. Las memorias de su dependencia se desdibujaban entre lágrimas y esperanza.


Tres meses después su adicción se había ido, aunque en sus sueños recordaba con amor su sangriento ritual.

“Dicen que el destino es caprichoso, que no debes fiarte de lo que crees que dejaste atrás”

Leía, en una carta mientras se preparaba para salir aquella noche. Dejó el sobre en la mesa de noche mientras le daba los últimos toques a su labial. Salió, subió a un auto y al cabo de un rato se encontraba frente a una gran puerta de madera, mientras escuchaba la música de adentro. Antes de empujar la puerta, se abrió, una joven que conoció durante su desintoxicación la invitaba a pasar, feliz de verla.


Pasó un rato entre la gente, disfrutando de la música y conociendo rostros nuevos, sintiendo que, definitivamente había dejado atrás su anhelo de sangre. Hasta que identificó tras un antifaz los ojos cafés que tanto la torturaban en sus pesadillas; los decibeles de la música cayeron hasta ser apenas audibles, la carta que leyó antes de salir hacía eco en su cabeza y todas las personas a su alrededor se movían lentamente. Su visión empezó a nublarse cuando el muchacho le extendió la mano, invitándola a bailar. Tardó un segundo en reaccionar y huir del lugar; abriéndose camino entre cuerpos que parecían congelados en un mismo paso de baile.


El reencuentro despertó en ella recuerdos que, por mucho tiempo creyó sepultados, las imágenes de su ritual saltaban a sus retinas sin parar, el estómago le daba vueltas y finalmente, mientras subía las escaleras, todo lo que ingirió hasta ese instante salió de su boca en estado líquido.

Apenas podía moverse, caminó hasta una puerta y se refugió tras ella. Sentada en el suelo y con su rostro entre las rodillas, suplicaba porque los recuerdos se detuvieran.

– No quiero recaer, no quiero recaer – repetía mientras percibía el olor del muchacho.

Las imágenes se detuvieron, sus súplicas no fueron escuchadas y con sed de sangre y hambre de venganza, se levantó para encontrarlo frente a ella.

Su sola presencia le quemaba la piel, pero guiada por el olor del joven no podía evitar acercarse. Él, ahora sin su antifaz, la miraba satisfecho desde el otro lado de la habitación, que para entonces se sentía como un océano de distancia.

Sabía muy bien que una gota de él bastaría para tenerla a sus pies, mientras ella solo pensaba en arrancarle el corazón y tomar la sangre directamente de su fuente.

Ambos tenían una escena en su cabeza, él tomaría su cuchilla y haría sangrar su brazo, dándole de beber para saciar su sed y llevarla con él, como siempre debió ser. Ella cruzaría el océano que los separaba, se abalanzaría sobre él y con sus propias manos abriría su pecho para tomar el corazón y devorarlo como solo él lo merecía, después se daría un festín con su cuerpo drenando toda la sangre que quedara para terminar arrojando sus restos al infierno.


Buscaba venganza, no quería seguir viviendo así. Si él moría lo haría también su adicción, en algún punto, no se permitiría sufrir de nuevo.


El único ruido en la habitación era producido por las olas imaginarias del mar que según ella los separaba, el mismo que estuvo entre ellos desde la última vez que se vieron. Los ojos de la chica comenzaron a llorar su propia sangre y viendo él su oportunidad sacó su navaja del bolsillo, extendió su mano izquierda e hizo un corte en su brazo.


El estómago de ella se revolvía por dentro, su sistema lo necesitaba, por más que quería resistirse y asesinarlo, su adicción era más fuerte.

Se acercó atravesando las olas, y el agua en su mente se volvía cada vez más profunda generando una sensación de ahogo que no era más que su cuerpo exigiendo aquel veneno.


Al llegar al otro lado, apenas podía respirar, su nariz inundada por el olor de la sangre parecía fallar en sus otras funciones. Miró hacia atrás con intenciones de retroceder, pero el agua no dejaba ver la pared, no tenía otra opción.


Él sacó una enjoyada copa de su bolsillo y destiló su sangre en ella, tres gotas fueron suficiente para revivir, no solo sus memorias, también los sentimientos de ambos.


– ¿Volverás a mis pesadillas? – preguntó la joven sonriente.

– Ya no tendré que hacerlo – dijo él mientras le abría una herida.


Permitió que se alimentará de su carne una vez más antes de sacarla de allí. Cubrió sus heridas con vendas y el mar al que ella tanto temía se desvaneció ante sus ojos, junto con sus deseos de venganza.


Bajaron al salón y quienes antes bailaban habían desaparecido, caminaron hasta la puerta y despidiéndose de su cordura se alejaron. Sin embargo, él sabía que, tarde o temprano, ella lo mataría, ya fuese por amor, venganza o adicción, pero también sabía que no podría soportar la agonía y soledad de una vida sin ella.

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